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DIFERENCIAS DE GÉNERO Y EDAD

 

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RESUMEN


Al analizar las diferencias intergrupales en inteligencia y en personalidad en función de la edad y del sexo (o género), se observa que tanto en los grupos de edad como en los de sexo las diferencias interindividuales (por ejemplo, entre las personas que pertenecen al grupo de edad de 40 años o las diferencias de las mujeres entre sí, etc.) son mayores que las diferencias intergrupales(por ejemplo, entre hombres y mujeres, o entre adolescentes  y adultos).

Antes de abordar las diferencias intergrupales, se han descrito una serie de cuestiones conceptuales y metodológicas. En primer lugar, las diferentes nociones de edad -cronológica, biológica, psicológica, mental y social- destacando la "edad cronológica" como índice temporal que permite estudiar las diferencias y los cambios asociados a la edad, tanto en inteligencia como en personalidad; y en segundo lugar, se han descrito brevemente los dos principales tipos de estabilidad, entre los que destacan la estabilidad absoluta y diferencial (o relativa) en el estudio del cambio de la inteligencia y personalidad a lo largo del tiempo.

Del estudio de las diferencias intergrupales en inteligencia en función de la edad se concluye que a lo largo de la vida de las personas, (1) la inteligencia psicométrica (inferida a partir de la fiabilidad test-retest) es estable –es decir, la inteligencia que un niño muestra en la infancia predice en gran medida su rendimiento intelectual en la vida adulta, e incluso en la vejez-; (2) la estructura jerárquica de la inteligencia se mantiene invariante (sin variaciones con la edad); y (3) las inteligencias fluida y cristalizada presentan diferentes patrones de desarrollo; en concreto, la inteligencia fluida (capacidad de pensamiento abstracto) se incrementa hasta los 20, 30 o incluso 40 años, y  a partir de entonces comienza un patrón de declive que claramente se agudiza en la vejez; por otra parte, la inteligencia cristalizada (conocimiento adquirido) no sólo permanece estable a lo largo del ciclo vital sino que puede incrementarse con la vejez, y su declive puede comenzar cuando la persona es muy anciana (Baltes, Staundinger y Lindenberger, 1999; cfr. Sternberg, 1999). En este sentido, resulta interesante la diferenciación que establece John Horn (1989, 1997) entre capacidades vulnerables –es decir, aquellas que se ven afectadas negativamente por la edad (velocidad de procesamiento, procesamiento visual y memoria a corto plazo)- y capacidades sostenibles –aquellas que se mantienen estables o incluso se incrementan con el paso del tiempo (inteligencia cristalizada, memoria a largo plazo y capacidad matemática)-. A su vez, esta diferenciación ha llevado a muchos investigadores al estudio de la plasticidad intraindividual de la inteligencia humana.



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Por otra parte, las diferencias de edad en personalidad se han abordado a partir del “modelo de rasgo”, utilizando dos formas complementarias de análisis de la continuidad: la estabilidad absoluta (comparar los niveles medios de uno o varios rasgos) y la estabilidad diferencial (correlación test-retest).  Los principales resultados son los siguientes (Cooper, 2002, McCrae et al., 2000; Pervin y John, 2001; Roberts y DelVecchio, 2000):  (1) la personalidad es más estable a lo largo de periodos cortos de tiempo (por ejemplo, 2 años) que largos (por ejemplo, 30 años) y en la vida adulta que en la infancia; (2) hay diferencias individuales en la estabilidad durante el desarrollo y las puntuaciones en los tests de personalidad cambian a lo largo del ciclo vital; (3) la personalidad puede cambiar en términos absolutos (su puntuación en diferentes rasgos de personalidad), y a la vez, seguir siendo estable en términos relativos (ocupar la misma posición con respecto al grupo de referencia); y (4) es más clara la estabilidad de la inteligencia que de la personalidad.

Otro de los temas expuestos se refiere a las diferencias entre hombres y mujeres en inteligencia y personalidad. En este ámbito, es imprescindible tener en cuenta que existen más diferencias individuales (dentro del grupo de hombres o dentro del grupo de mujeres) que diferencias intergrupales (comparar las puntuaciones medias de hombres y mujeres) (Hyde, 1995). En este sentido, no se puede garantizar que existan diferencias en inteligencia general (o psicométrica), ni tampoco en capacidad verbal, o incluso en capacidad matemática. En cambio, sí existen diferencias consistentes en algunas capacidades más específicas; en concreto, los hombres superan a las mujeres en la puntuación media que obtienen en rotación mental y en percepción espacial (pertenecientes a la capacidad visoespacial), en cambio no hay diferencias en visualización espacial. Y las mujeres superan a los hombres en producción de palabras (perteneciente a la capacidad verbal). En el resto de capacidades específicas, a grandes rasgos,  no hay diferencias claramente establecidas entre hombres y mujeres.

Por otra parte, a partir del meta-análisis de Feingold (1994) se obtuvieron lo siguientes resultados: (1)  hombres y mujeres puntuaron de forma similar en los rasgos de impulsividad, sociabilidad, nivel de actividad, reflexividad y organización; (2) las mujeres obtuvieron unas puntuaciones medias ligeramente más altas en escalas de ansiedad y de confianza, y muchísimo más elevadas en sensibilidad a las relaciones interpersonales; (3) los hombres mostraron una puntuación media moderadamente más elevada que las mujeres en asertividad, aunque recientemente Twenge (2001) encontró que tales diferencias estaban vinculadas al estatus y rol social de las mujeres, y que éstas tienden a reducirse de generación en generación.

Por último, y con respecto a las diferencias de edad, es necesario tener en cuenta que la conducta del ser humano es producto de la interacción entre maduración (nature o proceso biológico del desarrollo, programado genéticamente), de las influencias ambientales provenientes de los procesos de aprendizaje (resultado de la experiencia o práctica) y de la socialización (proceso general por el que el individuo se convierte en miembro de un grupo social) (Craig, 1997). Asimismo, los teóricos del procesamiento de la información consideran que la naturaleza proporciona las estructuras y funciones fisiológicas (por ej . la capacidad de memoria), y que el ambiente ofrece los apoyos ambientales que posibilitan al individuo ganar la mayoría de las estructuras y funciones existentes (Sternberg, 2001). Por otro lado, el proceso de envejecimiento no implica forzosamente declinación y deterioro, y tal y como señala Craig (1997): “Así como el tiempo perfecciona las cualidades de ciertos vinos, también puede mejorar el juicio y la sagacidad del hombre” (Craig, 1997).

Finalmente, en cuanto a las diferencias entre hombres y mujeres, no hay que olvidar que las diferencias no son deficiencias”: “La investigación muestra claramente que hay diversas áreas cognitivas en las que los sexos, en media, difieren, y algunas en las que no hay diferencias. Las conclusiones sobre las diferencias no significa que haya un sexo mejor o más listo. Si la sociedad habitualmente valora aquellos rasgos asociados a un sexo más que aquellos asociados al otro sexo, entonces el problema se sitúa en el valor de las jerarquías de la sociedad, no en el hecho de que haya diferencias” (Halpern, 1997; pág. 1092).

 

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